lunes, 12 de agosto de 2013

Tiempo




Le habían dicho que allí encontraría a Ahmed.
Pasó un largo día de muchos días diferentes en aquella acogedora esquina flanqueada de laboriosos y grasientos talleres mecánicos de hábil reciclaje, mientras en sucesivas tandas desfilaba el té con hierbabuena bajo los distintos prismas de luz.
Por primera vez apreció el inmenso valor espiritual comprimido del e-book: muchos mundos en esta esquina del mundo.
El traqueteo de las viejas motos izando la bandera del polvo como un aura callejera, los porteadores con sus carretillas de género, los cigarreros deambulantes, la penetración ubicua de Al-jazeera o el Barça en las terrazas bajo los toldos abrasados de Julio.
El último suspiro de la tarde cristalizó en la luz de un sueño que le abatió por sorpresa. Allí rodaban por el suelo, y se mordían: al fin se resarcía de la decena de países en su mochila huyendo de ella, sobre los que nunca hubo cielo protector.
Ni siquiera halló protector alguno del propio cielo.
Le despertó el olor penetrante de la hierba quemada.
-¿Mucho tiempo aquí…?
-Todo el del mundo –musitó desperezándose- Pero me lo he gastado ya.









Corresponsal




Las palmeras clavan sus acerados destellos de luz en un cielo azul mar.
Eso creyó que sería lo último que vería, acunado por una armonía indescriptible ajena al charco de sangre donde reposaba su cabeza, pero renunció a hacer frases. Esta vez el bloqueo era una apertura tan plena e íntima que le resultó ridículo solo intentar pensar en anotarlo, no requería ni intermediaciones ni los habituales interlocutores ficticios.
Era de esos escritores de mil balas, pero todas en la recámara. En Denver, Colorado, salpicaban en cualquier momento los colegios. Las vio volar fronterizas a la cordura en El Salvador, Colombia y Méjico. De Río de Janeiro incluso había regresado con alguna crónica agujereada en lírica quemazón que mejoraba sus frases cortas y secas de fallido género negro.
El mejor material lo había obtenido como empotrado a un amigo corresponsal de guerra empotrado en Irak, durante dos meses, donde vio matar y luego morir a un francotirador mercenario con el que intimó: a la vuelta narró su historia como este se la transmitiera en dos noches al raso de las ruinas y la lumbre del tabaco de contrabando, y le alcanzó para su primer y rentable éxito.
En California, a cuya Universidad acudió a impartir un jugoso taller de escritura periodística, se cayó de unos patines.









Madrid




Amigable pero meticuloso hasta lo litúrgico, disponía las fichas en la mesa con una endiablada precisión.
Pese a las leyes derogadas ad hoc, como la del tabaco cuya ausencia renacía su viejo asma en la atonía del náufrago, o a sus condiciones laborales de chimpancé entrenado, se entregaba al trabajo con obsesiva concentración porque le evitaba saber demasiado de lo que ocurría alrededor.
Nunca llegó a conocer a sus homólogos de Macao.
A veces canturreaba mentalmente aquello de Aunque muera el verano y tenga prisa el invierno, la primavera sabe que la espero en Madrid; o se preguntaba si habrían llegado ya las ansiadas Olimpiadas con sus renovados pelotazos, sus pistas de oro y sus piscinas de dinero, puesto que era ya incapaz de pensarlo de otro modo.








Aduana




Esto es de unos, aquello de al fondo de los otros: pero ese atardecer lo ha transfigurado sin restricción aduanera alguna. Ha vuelto a ser el templo lisérgico, intemporal, esta vez en un viejo edificio administrativo abandonado a medio camino entre ambos países, y a cuyos ciegos ojos recurren las palomas en sus trasiegos y almacenajes, agradeciéndole majestuosamente su gratitud en forma de condensación de mundo, como un espejo del cielo a un dedo por debajo del horizonte mediterráneo. El barco que viene a beber mar a su ventana a diario y a la noche desaparece, también lo sabe. Así se lo atestiguan sus guiños de luz al fondo de la tarde.
Nada más que declarar.







Vacaciones




Detroit cae, los préstamos tóxicos ahogan las finanzas locales, la Reserva Federal pronto se verá inmersa y temblarán en secreto Londres o Berlín. Se pregunta si debería adelantar en un día la siguiente publicación de su blog. ¿El crack va a producirse hoy mismo?, le plantea su irónico daimon bajo la sombrilla que le guarece en la arena de un deslumbrante día mediterráneo: Pues entonces respeta tus propios ritmos…