Llueve en
Nador. Desde el interior del café no sabe si es que se desmorona el cielo: en
lo que a él respecta no existe diferencia en ese momento. Es el día sepulcral,
lapidario -se dice- Es el maldito viento del Estrecho que siempre le desata la
intemperie en sus alicientes más íntimos. Pedir un tercer té resultaría
temerario, porque el brío ciego sin nada que morder termina por abrirle un
hondo agujero emocional tantas veces. Sale en dirección al paseo marítimo,
atraviesa los pasadizos de tiendas y esquiva los tenderetes recogidos a toda
prisa de la abarrotada plaza. Se empapa en apenas un minuto, chorrea lluvia,
las mangas largas empiezan a pesarle en los brazos. Cuando llega no queda nadie
allí. Ni siquiera queda el mar detrás de la espesa cortina. Las barcazas del
paseo turístico se bambolean contra la barandilla flotando en una indefinible
nube gris, y el sonido reiterativo y furioso de los choques anuncia el
ensordecedor ruido de helicópteros militares españoles que emergen del ojo del huracán, cuyos focos le señalan como
el extranjero. Esta vez dispuesto a dejarse abatir por el primer argelino con
el que se tope.
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