sábado, 27 de julio de 2013

Un triste elfo





Porque la peste de Camus, ni siquiera la de Muerte en Venecia de Mann significan la peste literal y bubónica. Representan la disolución autodestructiva del orden social.
Pero qué podía importarle a él, que había sobrevivido durante dos años en aquella vieja cabaña tan lejos de los palacios y los mercados, mientras que de los caminos colgaban los frutos podridos de lo que habían sido hombres, mujeres, niños. Las siniestras procesiones de embozados brujos le sacrificaban brujas pobres a la luna.
Arañando del bosque apenas lo justo para no morir se especializó principalmente en bayas salvajes, sustitutivas de las viejas perlas que los señores antaño le encomendaban para sus trabajos. Tanto tiempo sin otros seres humanos que el viejo orfebre llegó al convencimiento de que el único apestado era él, y que la memoria traumática de algún arcano ostracismo le jugaba ahora una mala pasada.
Se le amontonaron los personajes de piedra en los riscos, y los de nubes en el cielo. Las lluvias purificaban el aire, y algún que otro amigo arbóreo había sucumbido al rayo. El bosque le absolvió de aquel pecado original que había olvidado para siempre, y así quedó liberado de aquellas malditas oraciones impostadas del primer mes que los mirlos nunca atendieron.
Ni un solo dragón en el camino, ni un triste elfo.






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